Mi Primer Libro, Eterna Oscuridad


Despues de años y años de intentar publicar mi primer libro y no lograrlo, decidi subirlo a la red para que sea leido en forma gratuita para todo aquel que este interesado. Si te gusta el horror, aqui te dejo el link para leerlo online o descargarlo en formato PDF desde mi Google Drive. No te preocupes, no hay nada escondido tras el link, no hay publicidad que sortear, ni nada engorroso o extraño (como en la mayoria de sitios que te permiten acceder a contenido gratuito. ESTO ES REAL.
Solo deseo que lo leas, lo disfrutes y si quieres, dejame saber que te parecio. 
Solo ten en cuenta que tanto este libro como todos mis escritos (cuentos, relatos y poesia) estan registrados a mi nombre, eso es, tengo los derechos de autor. 
Sin mas, aqui te dejo una breve reseña del mismo y mas abajo el link. Solo haz click en la imagen. 


La familia Gautelle –uno de los más importantes, respetados y a la vez temidos clanes-, ha estado desde sus orígenes ligada a la adoración de Lucifer. Por varias generaciones los intentos de engendrar a Su Hija han fallado, desatando la locura y la muerte en la ciudad de “Angers”. Sin embargo, tras el último intento, su esencia es erróneamente liberada dentro de la mansión familiar, y a la espera de su tan esperada concepción. Cuando Alondra llega al mundo, la familia ya no practica la devoción al Maestro, y ni siquiera hablan del oscuro pasado de la familia. Sólo su abuelo, la guiará en el camino de recobrar su verdadera identidad, y su legado; un legado que tiene por finalidad, tomar posesión del trono de su padre.




Autor: Silvana Rimabau
Registro de derechos de autor: 11 de Diciembre de 2008, Buenos Aires, Argentina    
(Ultima renovacion: 09 de Febrero de 2018, Buenos Aires, Argentina)    
   
           

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El Viaje

El vehículo avanzaba rápidamente por la solitaria carretera. La llovizna era ahora más densa que unos minutos atrás y los dos viajantes estaban hundidos en el mutismo. Rostros serios, bocas tensas, corazones comprimidos.
-Sabes a dónde vamos?. Su voz atravesó el espacio que los separaba, trémula y suplicante, pero no obtuvo respuesta. Incómoda ante tanto silencio, cerró ojos y rememoró su casa de la infancia. Allí, el cielo –de un gris plomizo y sosegado- siempre se le antojaba mas cercano, casi tangible. La sensación de poder rozar aquellas nubes con la punta de sus dedos sin el menor esfuerzo e imaginación, la colmaba de pies a cabeza dejándola a merced de sus propias fantasías; las copas de los árboles siempre se movían con gracia y solemnidad arrojando a los pájaros de sus ramas. La naturaleza en todo su esplendor... Siempre. 
-Me gustaría visitar el mar... Pero antes de acabar la frase, se dio cuenta que seria en vano hacerlo. El no la miraba. Incluso ella juraba que él, ni siquiera la sentía allí a su lado, recorriendo el mismo camino, viendo las mismas cosas, compartiendo las mismas sensaciones. 




Respiró hondo y movió sus pies. Al instante no pudo evitar sonreír para si ya que le parecían tan bonitos y delicados que quien la escuchaba referirse a ellos la tomaba por loca. Pero eran muy bonitos de verdad; ella lo sabía. Y una risita escapó de sus labios acompañada de otro vano intento de conversación.
 -No se que pienses tú, pero no voy a volver a la universidad. No. Quiero viajar un poco. Culminó la frase sabiendo que eso sí movería algo en el interior de él. Su padre era muy estricto en esas cosas. 
Entonces, esperó la respuesta; esperó el sacudón de ira que marcaría el comienzo de otra riña. Incluso esperó con ansiedad que eso sucediera, ya que no estaba sintiéndose cómoda ante aquella bizarra situación. Sin embargo, las alarmas no chillaron, los volcanes no estallaron, la iracunda lava de reproches no barrió con sus replicas. Nada. Se quedó allí, pensativa y envuelta por el silencio... que pegajoso se había tornado el aire a su alrededor!. Ahora lo notaba. Claro!. Los vidrios del vehículo estaban cerrados, dejándolos a ambos presos de una atmósfera abrasadora, asfixiante, casi tenebrosa. Pero, qué podía hacer ella al respecto?. No mucho, en realidad. Salvo de tratar de alivianar la tensión reinante con una conversación gratificante, fresca y algo infantil. Siempre era así. A ella le gustaba dejarse llevar por comentarios tontos y sin sentido. Era su naturaleza; ese rasgo lo había heredado de él. Eran exactamente iguales. 
El tiempo pasaba y nada parecía cambiar. Todo continuaba exactamente igual al momento en en cual iniciaron el viaje. El, con las manos al volante, el rostro serio, los ojos fijos en el camino y el cuerpo presto a manipular el vehículo con eficacia. Y ella, con su vestido azul de verano, apenas cubriéndole las rodillas, con el cuerpo atenazado y la mente arrebatada de ideas y planes para el futuro. Todo continuaba igual, y no cambiaría... al menos hasta que el viaje llegara a su fin. Ahí si que podría soltar amarras y darle un giro a la situación. Entonces optó por no intentar más hablar –volviendo a sus plácidos recuerdos de niñez-, y dejarlo conducir en paz. 
El vehículo se detuvo frente a las oxidadas rejas y el conductor bajó. La llovizna lo recibió, abrazándolo y sumiéndolo en esa ya acostumbrada sensación de fetidez que siempre lo acompañaba en su trabajo. A lo largo de los años el corazón se le había endurecido y ya no solventaba con su propia amargura el dolor ajeno. Así debía comportarse: correcto, servil, sumiso y expectante. Solo que esta vez, las cosas eran distintas. Esta vez, el dolor sí era propio... El conductor del auto fúnebre estaba sepultando a su hija. 

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El viaje by Silvana Rimabau is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.
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Soy

Cuando las puertas de Mi Mundo se abran
y escuches mi voz clamando por tu alma,
sabras que ya no tiene sentido resistirse...



Soy 
El aliento que hiela tu sangre
El sudor que recubre tu piel
La gelida mano que ahoga tus gritos
El abismo que te espera cada noche...

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Soy by Silvana Rimabau is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.
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La Habitación

         
      Sin más preámbulo que un hondo suspiro –mezcla de malestar y hastío-, Edgardo se despertó súbitamente envuelto en un sofocante y pegajoso sudor. Sentía muchísima sed; como si un volcán acabara de estallar en su estómago, corroyendo las viseras, para destilar luego, su milenario vapor a través de cada uno de sus poros. Cada fibra de su ser se estremecía sin pausa al compás de los silenciosos estertores que sacudían su alma. Temor?, Si, era eso. Pero, a qué? Alguna pesadilla?. Si esa era la causa, no lo recordaba.

Se incorporó levemente y al hacerlo una tímida vocecilla en lo profundo de su cabeza –la cual, sin palabras hurgaba en sus miedos- dejo paso a una repentina picazón que tornó su cuerpo más nauseabundo. Sin embargo, la ignoró; la manipuló con tozudez, empujándola bien abajo –allí, donde toda representación de lo ficticio pierde importancia- y respiró hondo. Alargó su mano hacia la mesa de noche buscando el interruptor de la luz pero no lo encontró. Se estiró un poco mas y se dio cuenta que el velador no estaba allí. “Donde diablos esta el velador?” –pensó-. Y mascullando, abandonó el caos de sábanas húmedas tanteando en la absoluta oscuridad.

Una vez de pie, dio unos pasos en línea recta hacia la pared. Sus manos recorrieron la montaña de ropa, abandonada en una silla estratégicamente ubicada bajo la ventana. “Debo arreglar todo esto” –pensó, con fastidio-, y giró hacia la izquierda para rodear la cama. Una vez situado entre la cama y el placard se percató que de el espacio entre ambos parecía más estrecho de lo normal. Como si los muebles se hubieran complotado en su contra y reducido los espacios; todo para que él se tropezara, o golpeara. Cuando estaba a punto de tocar el placard se detuvo. Tenia la sensación que algo zumbaba muy cerca de suyo… como si algo estuviera allí agazapado a la espera de tocar con sus fríos dedos, la mano de la incauta presa. “Esto es ridículo” –pensó-  y sacudió su cabeza forzando a los irrisorios pensamientos a desaparecer. Sin embargo evito el placard.

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Volver A Casa

El sol se puso rápidamente detrás de los edificios y las penumbras avanzaron sin pausa sobre el parque. La niña miró en derredor, y sintiendo un tenue escalofrío recorriendo su cuerpo, se preguntó dónde estaban todos. Había pasado toda la tarde sentada en su hamaca preferida, observando a los otros niños. Ella no comprendía cómo todos se habían ido y ella no lo había notado. En sus pupilas había quedado grabado el paisaje infantil que tanto le gustaba. Niños felices, corriendo, gritando y riendo, bajo la severa pero siempre amorosa mirada de sus madres. Cada uno de ellos lucía en su rostro, manos, cabello y ropa las marcas de la verdadera felicidad: las manchas de los dulces, los helados y los caramelos, las ropas llenas de arena y pasto, los cabellos revueltos y con coronas de hojas secas... todo aquello que sus madres estaban más que dispuestas a tolerar ya que significaban una sola cosa: infancia plena, sana y feliz. 

Sin embargo, ella no lucia de esa manera. Su cabello lacio y castaño estaba sujeto con suma prolijidad con un delicado moño blanco; su rostro delgado y pálido perfectamente aseado, dejando al descubierto la pequeña nariz de proporciones exactas, ojos azules, largas pestañas y las mejillas apenas rosadas... sólo apenas. Y sus ropas y zapatos brillaban por su inmaculada pulcritud. 

Ella siguió balanceándose en su hamaca preferida viendo cómo el ocaso llegaba a su fin, para darle la bienvenida a la noche; una noche sin luna, pero con muchas estrellas... una noche especialmente silenciosa y serena. Las sombras –apenas sesgadas por los faros dispuestos en el parque-, estrujaron su corazón y sobresaltaron sus sentidos en un sinfín de oscuros secretos recitados con malicia en sus oídos. 

De pronto, y casi sin darse cuenta sintió la cruel necesidad de volver a casa, de estrecharse en los brazos de su madre. Ella sabia que su madre la perdonaría por no regresar temprano, cuando el sol todavía la mantendría a resguardo en su luminosa calidez. Su madre... su amorosa madre... la única guía en su vida; quien estaba allí cuando ella lloraba en las noches por la ausencia de su padre; quien desde hacía dos años se encerraba en el baño a sollozar. Entonces, se bajó de su hamaca y luego de alisarse la falda y corroborar que su moño seguía en su lugar, abandonó el parque. Sus pasos la llevaron por calles oscuras, en las cuales un frío inusual y místico la envolvía, tratando de convencerla de quedarse allí, con los duendes y demonios de las penumbras; luego las calles se tornaron más luminosas, en donde un semáforo la invitaba a juguetear con los intermitentes cambios de rojo, amarillo y verde. Ella hizo caso omiso de todo, pues su único deseo era llegar a casa. Estaba segura que su madre –luego de regañarla- le daría una gran taza de chocolate caliente acompañada de un beso... y luego... luego la acompañaría a su habitación, la arroparía con cariño y le leería uno de sus cuentos favoritos.

Al llegar a su casa, vio a su madre en la cocina, sentada a la mesa y con una taza de té entre sus manos. Su rostro –demacrado, pálido y envejecido-, evidenciaba un eterno cansancio y un inimaginable dolor, y sus ojos entrecerrados dejaban escapar las lágrimas de toda una vida. 

La niña se acercó a su madre y quiso tocarla, abrazarla y besarla; decirle cuanto sentía el haberse quedado hasta tan tarde en el parque; decirle que no lo haría nunca más. Sin embargo, no se atrevió. Sus piernas se quedaron tiesas, como adosadas al piso y sus brazos colgaron sin más, despojados de vida. Entonces, en ese momento sus ojos recayeron en la mesa. Allí, delante del rostro de su madre había una fotografía... una fotografía de su padre y una niña de cabello castaño y ojos azules. La inquietud y curiosidad la llevaron a acercarse más para desentrañar la identidad de esa niña. En ese instante se dio cuenta que era ella. La fotografía había sido tomada en un parque, un caluroso verano durante las vacaciones familiares. El dolor se apoderó de su pequeño corazón al recordar esos días felices, cuando su familia estaba completa... cuando los domingos salían los tres a pasear, iban al cine o al parque y entre risas y helados le sonreían a las demás familias. Pero todo eso había quedado en el pasado. Luego de la muerte de su padre no hubo más domingos en el parque, ni sonrisas, ni helados... nada. Solo lágrimas y tristeza por doquier.

La niña vio que su madre suspiró y abandonó la mesa, dejando la taza vacía y la fotografía sin espectador. Ella la siguió a través del living, y al pasar por su habitación se sintió sola. Allí vio su cama perfectamente tendida, su escritorio bien ordenado, las cortinas cerradas. Todo estaba en orden, como si ella no hubiera estado allí en mucho tiempo. Una rabia y desolación desconocidas para ella, la colmaron de pies a cabeza y la llevaron a la habitación de su madre. La vio acostada y llorando sin consuelo, aferrada a la almohada con desesperación, furia y abatimiento a la vez...

En ese instante la niña comprendió lo que sucedía, y recordó todo. Desde hacía dos años, trataba de volver a casa, pasando por el semáforo que la había visto con vida por última vez...


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El Incesante Goteo

Las autoridades de la ciudad habían sido absolutamente claras y lo expresado en los medios periodísticos y spots de emergencia no dejaba margen a duda alguna: la tormenta que se avecinaba era colosal y por tal motivo, los ciudadanos debían, mantener las mascotas a buen recaudo, asegurar objetos en los balcones –ya sean macetas, sillas, etc.- que pudieran caer por causa del viento y por sobre todas las cosas, ser cautelosos y no deambular por las calles bajo ningún punto de vista.

El extremo calor que se había instalado durante los últimos tres días, había hecho casi imposible circular por las calles con normalidad; incluso respirar había sido costoso ya que el aire caliente sofocaba sin piedad. La marca de cuarenta y cinco grados –habiendo superado ampliamente los registros mas altos de los últimos cincuenta años-, conjugada con la humedad al ciento por ciento y vientos del norte, auguraba el final bien conocido por todos: tormentas, viento, rayos y la garantía de granizo de mediano tamaño.

La casa estaba sumida en las penumbras y el volumen del televisor estaba muy alto. Sin embargo las voces que emergían eran apenas audibles ya que afuera la naturaleza se preparaba para descargar toda su furia. Los relámpagos surcaban el cielo y con cada trueno los vidrios vibraban, amenazando quebrarse y dejar las ventanas cual marcos desolados y apocalípticos; el viento zumbaba y azotaba todo a su paso, arrancando cables y llevándose consigo hojas, flores, papeles y alguna que otra prenda de vestir olvidada en algún tender. Sin embargo, la lluvia aun no daba señales de aparecer prontamente… parecía que jugaba con la ansiedad de los humanos y se hacia desear, pavoneándose escondida en la majestuosidad de las negras nubes que la noche no permitía vislumbrar en detalle.

Eran las doce de la noche y ella dormía profundamente en el sillón, tras ocho largas horas de trabajo –sin pausa y tiempo para el almuerzo-, iluminada tan solo con la luz emergente del televisor. Su cuerpo –mas parecido a un muñeco de trapo que a un ser vivo- yacía laxo con un mínimo de movimiento en su pecho y párpados y un leve estertor en mano derecha que colgaba libre, a escasos centímetros del suelo. La caja torácica subía y bajaba a un ritmo lento entre respiración y respiración, los globos oculares se movían rápidamente hacia los lados y los dedos de sus manos se estremecían de tanto en tanto.

Ese momento en el cual casi todas las funciones del cuerpo se pausan –tan solo el cerebro, el corazón y los pulmones continúan trabajando- para permitir el descanso y reparación energética que todo ser necesita, es lo mas parecido al momento previo de la muerte… ese momento en el cual, lo mundano se torna mas y mas borroso y el alma se prepara para alejarse de la cárcel de carne y hueso.

Ella deambulaba por un maravilloso sueño; un sueño que la abrazaba y colmaba con todo aquello que en la realidad, rehuía temeroso de su ser, como si ella no fuera digna… y sin importar cuanto luchara. Era como si alguien en las altas esferas del Universo, hubiera decidido entrometerse y manipular los hilos que rigen los logros e infortunios en la vida de los hombres y torcer todos y cada uno de los caminos para que ella sintiera que cada uno de sus pasos la alejaban mas y mas de sus añoranzas y planes.

Mientras ella disfrutaba de ese mundo –completamente ajena a la realidad exterior- un sonido comenzó a resquebrajar lo que allí sucedía, alterando los sucesos y voces que la rodeaban. Se trataba de un golpeteo seco y espaciado que había irrumpido poco a poco desde la lejanía: “tac... tac… tac”. Al principio, confundida, miró en derredor buscando el origen de ese desubicado sonido pero, al ver que no había concordancia con la escena, le restó importancia y retomó el camino en su soñada realidad. Al cabo de un rato, el golpeteo volvió. Pero esta vez, fue mas fuerte, rápido y próximo a ella y no se detuvo mas. “Tac... tac… tac… tac… tac”. Había vuelto para quedarse y arrancarla de una vez por todas de su sueño, forzándola a observar cómo las imágenes de su ficticia felicidad se desvanecían frente a sus incrédulos ojos cual borrascosas diapositivas de otras épocas.

En el preciso instante en el cual una espesa oscuridad la rodeaba y el golpeteo vibraba perniciosamente a su alrededor, despertó invadida por una indescriptible angustia. Respiró hondo y trató de moverse, mas su cuerpo estaba aún demasiado adormilado y no respondía a los comandos de su voluntad. Solo le tomo unos segundos para recordar el sueño y la angustia le dio paso a una súbita rabia enmarcada por la desazón de no poder evitar sentir que había sido arrojada a su patética realidad por un extraño y molesto ruido. Al recordar la razón del despertar y maldecir al mundo entero trato de incorporarse, para encender la lámpara de mesa que tenía al lado del sillón y apagar el televisor. No le importaba en lo mas mínimo la tormenta ya que ella y su pocas posesiones estaban bien resguardadas.

Sin embargo no pudo levantarse ya que el cansancio volvió a recordarle que ella era tan solo un ser humano y que luego de tanto esfuerzo y malestar por el calor en los días previos, la extenuación era total y unas horas de sueño no eran suficientes. Entonces cerró los ojos y se dejó llevar por el adormecimiento que la invadía. Ya estaba por dormirse otra vez, cuando el golpeteo la tomó por sorpresa y esparció espasmos por todo su cuerpo, haciendo restallar un agrio enojo en su interior. Abrió los ojos y aguzó el oído, mas solo escuchó las voces de los periodistas que describían las primeras noticias acerca de la catástrofe que se abatía sobre la ciudad.

Permaneció alerta, a la espera de que el molesto golpeteo retornase, y al momento en que un profundo suspiro emanaba de su pecho –en un vano intento por desechar la nauseabunda sensación que la tenia presa-, lo escucho otra vez. “Tac... tac… tac… tac… tac”. El maldito ruido se había hecho presente y parecía provenir de todos lados al mismo tiempo. Era como si el primer “tac” se arrastrara por toda la casa cabalgando en un sinuoso eco que desesperadamente buscaba llegar a ella… como si se tratara de un presagio que debía llegar a destinatario con premura.

La rabia estalló nuevamente en su interior y olvidándose de los dolores musculares y el cansancio, se levantó del sillón. Al hacerlo, una tenue corriente eléctrica recorrió sus piernas ascendiendo rápidamente hasta su cabeza, y sumiéndola en un eterno mareo que la obligó a alargar su mano hasta el apoyabrazos del sillón para no perder el equilibrio. Luego de unos segundos el malestar desapareció dando paso a una oleada de frío que la arropo cruelmente, calando sus huesos y dejando una marca… como una indescriptible duda. Un grifo mal cerrado?... Una gotera?. Así pues, cruzó la sala de estar tambaleándose y se adentró en la cocina, sintiendo como sus brazos se adormecían rápidamente y el frío –que se había adueñado de sus huesos-, se abría paso a través de los órganos y músculos, para lamer maliciosamente toda su piel. Haciendo caso omiso de la extraña sensación y el temor que comenzaba a corroer su mente -ya que el golpeteo continuaba resonando en toda la casa-, encendió la luz y observó la pileta –con el plato, cubiertos y vaso aún esperando se lavados- y se percató que allí no sucedía nada. El grifo estaba bien cerrado. Entonces, giró sobre sus talones y cruzó nuevamente la sala de estar y pensativa se detuvo en la puerta del baño. Si allí nada goteaba, era mas que obvio que en algún lugar de la casa, se hubiera producido una gotera y no era mucho lo ella que podía hacer en ese momento. Justo en ese instante, cuando sentía que su mundo era tragado por una bizarra dimensión de injusticias, necedad e incompetencia –muy parecido al mundo real, solo que cada detalle de mediocridad e idiosincrasia estaban multiplicados por mil- un ínfimo recuerdo de algo visto –y pasado por alto- en la sala de estar incrementó su malestar. Allí, algo no estaba bien… No podía describirlo, ni sabía donde se encontraba, sin embargo la sola idea de que eso era importante, la lleno de horror. Y por alguna extraña razón –muy dentro de su cabeza- sabía que estaba relacionado con el golpeteo.

Sacudió su cabeza –tratando de deshacerse de este nuevo sentimiento que la hundía mas en un espiral de espanto- encendió la luz y comprobó que tanto la pileta como la ducha estaban perfectas. Alzo la mirada para chequear el techo, pero su ojos le mostraron una borrosa imagen del blanco cuarto. Y el golpeteo continuaba taladrando en su cabeza sin pausa ni piedad y el frío que la envolvía se había hecho intolerable. Parecía que una gruesa capa de hielo la recubría completamente y con cada movimiento que hacia, su densidad aumentaba. Y con el aumento del frío, el terror le abrió paso a un hormigueo en su cerebro sumiéndola en un aletargado estadio de dejadez y cansancio que nada tenían que ver con la vida cotidiana. Esto era algo mas.

Con la visión fuera de foco, el cuerpo entumecido y la mente evaporándose, se percató que el golpeteo ya no era tan fuerte… como así tampoco la televisión, la tormenta y el viento. Los sonidos le llegaban lejanos, ajenos y sin el menor atisbo de importancia. De pronto, la luz intermitente que emitía la pantalla del televisor allanó el camino a su borrosa visión, mostrándole la estática silueta de una mano que colgaba del sillón y que de tanto en tanto se sacudía en leves estertores. En ese instante cayo de rodillas y venciendo todo resquicio de terror, se arrastro lentamente mientras se percataba de una súbita opresión en el pecho que la hundía en un cálido ahogo.

Al llegar al sillón descubrió la razón de todos sus malestares, sensaciones y sonidos que la habían aquejado desde que despertó del sueño. Allí, en el sillón, su cuerpo yacía en los últimos estertores previos a la muerte y el brazo que colgaba, mostraba dos profundos cortes verticales a la altura de la muñeca y desde los cuales el incesante goteo de sangre había creado un denso y extenso charco de sangre.


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El Incesante Goteo by Silvana Rimabau is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

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La Reina Sin Corona

 By Kirill Semenov
El oscuro infinito baila en sus ojos,
y un gelido silencio ulula en su boca.
Magestuosa ella, y no tiene carroza,
altiva y soberbia, es la reina sin corona.
Religiosa y pagana, sutil y grosera
avanza sin prisas saboreando la espera.

Corre, corre, mientras puedas
el tiempo es su amante, tu solo la presa.
Y cuando su voz anide en tu aliento,
voltea y veras su mano tendida
rozando con lastima tu resentimiento,
suspira y atesora el momento
ya lo sabes, se acabo tu tiempo.





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El Muérdago

Aprovechando haberse situado bajo las hojas del muérdago –y aferrándose a la tradición para tomar valentía-, el había oficializado su romance frente a toda la familia con un largo y delicado beso en la boca de su bella amada de cabellos rubios y piel canela. 

Luego de pronunciar su nombre con orgullo, permaneció a su lado, sonriendo y acunando sus delicadas manos entre las suyas, mientras los rostros de los presentes se agolpaban a su alrededor profiriendo infinitas exclamaciones de emoción y felicidad. Por fin, luego de tanto tiempo, la indicada había arribado. Todos estaban extasiados y así lo hacían notar.

La calidez de la familia la asombro, ya que los infames rumores la habían asustado desde el comienzo y haciéndola dudar de dar ese paso durante los últimos meses. Sin embargo todo había salido perfecto. 

Le ofrecieron una copa y por temor a romper el hechizo, la acepto, aun cuando ella no bebía. La misma de un finísimo cristal labrado contenía una bebida oscura y apenas burbujeante que desprendía un picante aroma, el cual le hacia cosquillas en la nariz. Al beber el primer sorbo notó que todos la observaban, así que sonrió y tomo otro. Fue entonces cuando sintió que su garganta se hinchaba sofocándola y embotando su mente; miro en derredor y vio que los rostros se fundían unos con otros, las voces se perdían en eternos ecos y las palabras rehuían de su comprensión. Quiso hablar, decir que no se sentía bien, mas no fue capaz de oír su propia voz; quiso moverse, mas sus piernas no respondieron; quiso pedir ayuda, mas todos se encontraban de rodillas, gesticulando y cantando. 

Creyó que la bizarra escena era producto de la bebida que le habían proporcionado, mas algo en su interior le dijo que no. Todo eso no fue tan horroroso como el instante en el que vio su amado acercándose a ella y blandiendo un extraño cuchillo y una mueca por sonrisa distorsionando su rostro. No sintió dolor, sino un golpe seco en la garganta y una calida humedad bajando rápidamente por su pecho , al tiempo que los presentes se ponían de pie vociferando: “Ohh Szhar, toma tu ofrenda y bendícenos con prosperidad!”.

Y a medida que su mente se hundía en su ultima y eterna noche y su cuerpo yacía en medio de un charco de sangre, los rumores cobraron sentido: “Cada navidad, la extraña familia sacrifica a un inocente bajo una rama de muérdago para complacer a sus dioses y así recibir su recompensa”.

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