Extraños Seres

Al caer el sol una fétida brisa helada se arrastró por el frondoso Valle de Aelysim, moviendo hojas, ramas y pastos, y elevando a su paso los ecos una naturaleza en su clímax de inocencia y salvajismo. El lago Mhol –de aguas tan oscuras y frías como milenarias-, reflejaba en su superficie el negro abismo nocturno plagado de estrellas y cobijaba en su fétido lecho a aquellas especies que habían escapado a la evolución. 

El pequeño pueblo –bautizado con el mismo nombre del Valle y situado a orillas del lago-, era una de las últimas comunidades que albergaban en su seno un profundo respeto por la austeridad y naturaleza en todas sus formas. Todas las edificaciones, iguales en altura emergían de la húmeda tierra con paredes de piedra enmohecida y techos de paja; de dimensiones muy pequeñas, estaban bien alejadas unas de otras y distribuidas en forma circular, resguardando en el centro la casa del singular y ermitaño guía de la comunidad. Lhoern pasaba sus días hurgando entre mohosos papiros que describían la historia, cultura y tradiciones, aconsejando a su gente y encendiendo y apagando las teas que iluminaban el pueblo. Todos los habitantes de Aelysim –aún sujetos a las milenarias y rudimentarias costumbres de vida-, contemplaban el paso del tiempo con la sabiduría plasmada en sus ojos, la eterna calma en sus rostros y la esperanza de que “su mundo” jamás cambiara. 

Como cada noche, Uriell acercó una silla a la pared y tras mucho esfuerzo logró subirse. Posó sus pequeñas manos en el borde de la ventana, abrió el postigo y asomó la cabeza por el hueco para observar el espectáculo nocturno. Tras unos segundos –durante los cuales su mente viajó por infinidades de universos plagados de estrellas, sin temores ni malos presagios-, la brisa golpeó su rostro con la fuerza de una helada, despiadada y oscura bofetada. El instinto le susurró que cerrara los ojos, mas ella no lo hizo y fijó su atención en Lhoern quien avanzaba inclinado hacia delante con la brisa envolviéndolo y agitando su manto morado y los pocos cabellos que aún conservaba. Lo vio mirando furtivamente en todas direcciones mientras encendía una a una todas las teas, para retornar a su casa con premura, como si algo –amparado en la destemplada profundidad del lago o en las zarzas que lo bordeaban- lo estuviera asechando. Todas las noches ella era testigo mudo de ese suceso y lo guardaba para sí, como su preciado secreto; un secreto que la hacía sentir valiente y la llenaba de orgullo puesto que a esa hora, todos y cada uno de los habitantes estaban durmiendo. Desde la desaparición de Ronell –su padre- abandonaba su cama en silencio y a escondidas, y esperaba pacientemente por su retorno... el tan esperado retorno de quien misteriosamente un treinta y uno de Octubre había desaparecido sin motivo ni explicación, como tantos otros en la comunidad. De tanto en tanto, acosaba y agotaba a Luannah –su madre- con interrogantes de por qué su papá no estaba más con ellas, mas lo único que conseguía era una caricia en la cabeza, una sonrisa apretada y un silencio ahogado y ululante que la envolvía maliciosamente y viciaba el aire a su alrededor. 

Mientras su mente derrapaba en el hipotético retorno paterno, unos suaves golpes en la puerta principal acompañados de estridentes risas, sobresaltaron su pequeño cuerpo, al tiempo que una mano se posaba sobre su hombro con determinación. El galope de su corazón estalló en su pecho, y cerró su garganta, como si alguien hubiera colocado un lazo en su cuello y apretado con fuerza. Al cabo de unos segundos, su mente salió del letargo del sopor, giró su cabeza y encontró el rostro de su madre surcado por una silenciosa desaprobación. Abrió sus ojos desmedidamente y tras recuperar el aliento, señaló la puerta.

-Mamá, es papá!!!... lo escuchas?... está llamando a la puerta... mamá, papá volvió!!!

Un profundo y doloroso suspiro hinchó el pecho de Luannah, al recordar cuan solas habían quedado desde aquella fatídica noche.

-Uriell... no... no es papá. 

La niña quiso hablar, pero al ver que los ruidos habían cesado –y al parecer su madre no los había escuchado-, optó por callar y bajar la cabeza presa de vergüenza. Luannah no necesitó dejar escapar otra palabra de sus finos labios, pues sabía que el helado rictus que los desfiguraba era más que suficiente para amedrentar las ocurrencias –infantiles pero inconscientes al fin- de su pequeña niña de siete años. Y como si el tiempo se hubiera detenido y reanudado su curso muy lentamente, la vio bajarse de la silla y perderse en la oscuridad de su habitación con la cabeza gacha y el cuerpo sacudido por un silencioso llanto.
La tristeza que sustraía su corazón le cedió el paso a un desmedido y nauseabundo pánico, al percatarse que la ventana continuaba abierta. Con un movimiento brusco de su mano apartó la silla, se abalanzo sobre el postigo y lo cerró con desesperación. Permaneció allí, con las manos apoyadas en el áspero postigo y con la mente anclada en las palabras de su hija: “lo escuchas?... está llamando a la puerta”. Sacudió su cabeza silenciando a aquellos demonios internos que le gritaban a viva voz que los eventos estaban volviendo a suceder... aquellos cínicos demonios que malograban su cuerpo y espíritu con borrascosos idiomas, que ella –por los estertores que le producían en todo su ser-, comprendía a la perfección: ellos –los extraños seres-, habían vuelto y como cada año, se llevarían a un integrante de la comunidad. Sintiendo que un abismo se abría bajo sus pies y la succionaba hacia un espacio de tiempo anulado en su memoria, se alejó de la ventana y se dejó caer en su mecedora ubicada frente a la chimenea. Su cuerpo entero se relajó al calor de las flamas que ardían noche y día en la sala, y que servían tanto para cocinar, como para calentar el hogar. Mientras las lenguas anaranjadas lamían los trozos de madera y ascendían por la pared posterior de la chimenea, su mente vagó solitaria y despojada de cordura en un mar de recuerdos y presunciones sin sentido. Así pues, aquella noche se abrió paso a través de los velos de su memoria, retrotrayendo su cuerpo sin compasión a los horrores vividos y tenazmente reprimidos. 

Aquel día –ya desde el amanecer-, Lhoern había presagiado que algo no estaba del todo bien, puesto que el cielo se había tornado plomizo en un abrir y cerrar de ojos y una fétida brisa se esparcía por todo el valle dejando murmullos ininteligibles a su paso. Los había reunido a todos y les había aconsejado no salir de las casas –una vez declarada la noche-, bajo ningún motivo, y que preparasen todo lo necesario superar las próximas horas de oscuridad. La fina llovizna –casi imperceptible, pero más helada que lo usual- y el frío insoportable anunciaban que aquella extraña noche llegaría con nieve. Cuando las tinieblas se posaron definitivamente sobre el valle, el cielo no tardó en parir los primeros copos, cubriendo a Aelysim con un inmaculado manto blanco que parecía extenderse hasta el infinito. En todas las casas, el fuego crepitaba con furia, llenando las estancias con una amarillenta palidez y dibujando formas que ululaban según las flamas creían o decrecían. Ronell había predispuesto toda la madera que le había sido posible a lado de la chimenea, ya que si el fuego se apagaba durante la noche no podría aventurarse a la intemperie por más. Luego de la cena, los tres dormían ya, hundidos en sus mullidas almohadas y arropados bajo gruesas mantas de lana. Sin embargo, Luannah no lograba conciliar un sueño profundo y de tanto en tanto, se despertaba presa de una inusual ansiedad. Fue durante uno de esos despertares, cuando los escuchó por primera vez; eran cánticos profundos, casi guturales, como si de alguna sacra reunión en la oscuridad se tratase. Al principio creyó que provenía de sus sueños... que su mente aún estaba en esa singular y sutil fracción de tiempo-espacio en donde ambos mundos –onírico y consciente- se funden impartiendo sabiduría a quien es capaz de tomarla. Sin embargo, cuando abrió los ojos por completo se dio cuenta que alguien estaba realmente allí con ellos. Tomó la vela –que se mantenía encendida toda la noche, en caso de que Uriell la necesitara- y se incorporó en la cama. La delgada llama amarillenta despejó las tinieblas a su alrededor descubriendo los borrosos contornos de los escasos muebles de la habitación. Al no ver nada fuera de lo normal, despertó a Ronell, quien sí dormía profundamente y ajeno a todo. 

-Ronell... despierta...  Ronell!!!. Escucho algo extraño. Tengo miedo... por favor, fíjate si Uriell está bien. Tengo mucho miedo.

Ronell abrió los ojos y al tiempo que bostezaba, se incorporó sacudiendo la cabeza intentando quitarse el sueño de una vez por todas. Tomó la vela que le ofrecía Luannah con mano temblorosa y abandonó la habitación con paso pesado. Luannah se quedó sentada en la cama con la vista fija en la chimenea, en donde parecía que el fuego comenzaba a menguar. Y se preguntó con un nudo incrustado en el estómago: “y si las llamas se apagan?”. No acababa de hilar una posible solución a ese problema cuando vio a Ronell acercándose a la chimenea y colocando mas madera en el fuego, y con una amplia sonrisa dibujada en el rostro le hacía señas que denotaban que todo estaba bien. En ese momento, una explosión de luz y un frío de ultratumba la envolvieron dejándola a merced de un silencioso y espectral horror que paralizó todo su cuerpo. Y antes que su mente se apagara llevándola al mundo de la inconciencia, pudo ver cómo su esposo –de pie en medio de la estancia- era tragado por un espiral de negrura infinita y nauseabundos olores.  

No había pasado mucho tiempo desde que Uriel había vuelto a la cama. La tristeza y el sueño se habían apoderado de ella llevándola de la mano a su mundo ideal; ese mundo de ensoñaciones en el cual, papá había regresado y cada noche, los dos observaban jubilosos los cometas en el cielo. De pronto algo la despertó bruscamente, arrojándola de bruces al mundo real. Durante algunos instantes tuvo sobre su rostro, la sensación de un cálido rayo de sol acariciando su piel. Mas cuando abrió los ojos, sólo vio a su alrededor una densa oscuridad bailando al son del silencio reinante; amorfas volutas negras y opacas que se movían de un lado a otro como presas de aquella brisa nocturna que tanto amedrentaba a todos. Las formas se unían y alejaban, se oscurecían y aclaraban frente a su rostro apacible y risueño, y en donde, de tanto en tanto se dibujaba una gran sonrisa de ignorancia e inocencia. Sin embargo, aquellos instantes de diversión se esfumaron rápidamente cuando una explosión de luz gélida y cegadora inundó la habitación, dejándola inmóvil y allí atrapada entre las cálidas mantas. A medida que la luz perdía intensidad segundo a segundo, un rostro semitransparente, pálido, de cabellos dorados como el sol, comenzó a tomar forma junto a la ventana y la temperatura descendió brusca y rápidamente. Uriell quiso gritar, mas de su garganta sólo emergió un ahogado suspiro que se transformó en un vaho tan blanco como la piel de aquel rostro endemoniado que la observaba desde sus inmutables y fríos ojos azules. Al tiempo que la consistencia física aumentaba –se podían ver ya, los labios carnosos color carmesí, la tersura de la piel blanca, los pómulos bien marcados y enalteciendo lo que parecía ser una nariz, la frente amplia y lustrosa-, el cuerpo comenzó a hacerse presente, permitiendo vislumbrar tan sólo la extrema altura y delgadez que poseía. Cuando el ser estuvo presente de cuerpo completo, extraños y guturales cánticos colmaron la estancia aumentando el frío. La niña comenzó a temblar y presa de un silencioso llanto cubrió su cabeza con las mantas en espera de que todo desapareciera, que fuera todo una horrorosa pesadilla producto de las leyendas de extraños seres que había oído de labios de Lhoern. Mientras apretaba los ojos con fuerza y sus pequeñas y sudorosas manitos se entrelazaban, una voz gruesa y poderosa se alzó por sobre los cánticos. 

-“... ante sus ojos no tienes fuerza, demonio... En su nombre, yo te conmino a hacerte presente, a mostrar tu verdadero rostro!”.

En ese momento, Uriell sintió que su cuerpo era recorrido y devorado por llamas, su cabeza giraba sin cesar, y su lengua se enroscaba en sí misma. Se sintió presa de un eterno y cruel remolino que la arrojaba a un abismo de ancestrales calamidades en donde el tiempo –inmisericorde y rapaz- había delegado el mando a un ser de inescrupulosas maquinaciones. Su corazón galopó desbocado en su pecho, y sintiendo que ya nadie podía salvarla decidió abrir los ojos. Lo que vio encogió su alma hasta el punto de convertirla en tan sólo un suspiro de lo que había sido. Ya no estaba en su habitación, en su casa, puesto que el lugar parecía mas grande y luminoso, de paredes blancas y telas colgando de las ventanas... es más, tuvo la certeza de que ya no estaba en su mundo, que había sido brutalmente arrancada de su vida y arrojada a un caldero de imprecaciones y demenciales y odiosos seres. Frente a ella, los extraños seres –ataviados con atuendos multicolores, de diferente sexo y edades- la observaban con repulsión y malicia en los ojos, le arrojaban un líquido transparente que ampollaba su piel, le gritaban que debía abandonar ese mundo ya que dios era el camino de la salvación y la vida eterna. 

Uriell no podía moverse y su voz parecía haber muerto, puesto que cuando intentó hablarles y explicarles que seguramente había un error en todo eso, su boca se torció emitiendo un lastimero gruñido y babeando como un animal salvaje. En ese instante, uno de los seres –que parecía ser mujer- colocó frente a ella una mágica lámina rectangular que le mostró lo que tantas veces había visto cuando se asomaba a la orilla del lago: su reflejo. Allí pudo verse por última vez... su piel, amarilla y con motitas marrones, sus ojos, redondos, saltones y negros, su cabello gris, lacio y largo hasta el suelo, sus labios finitos y morados que apenas cubrían los dientes... 

Y mientras su mente –ajena ya a tanto dolor inflingido- viajaba por aquellos cielos plagados de cometas, su cuerpo fue devorado por fin por las flamas de una cínica ceremonia que proclamaba sin vergüenza alguna que los demonios existen entre nosotros... sólo que en diferentes planos del universo y que cada treinta y uno de Octubre pueden ser invocados. 

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Extraños seres by Silvana Rimabau is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

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