La Burbuja

La serenidad la abandonó pues vio que la delicada burbuja que la contenía desde el comienzo, mostraba ya algunas rasgaduras. A través de aquellas casi imperceptibles  grietas comenzaron a filtrarse sensaciones puras, centellantes, crueles e inhumanas, voces y miradas. Su cuerpo resintió los cambios pasivamente –y soportando los embistes de la cordura-, su piel se humedeció con helados ríos de angustia y pesar... aquello no era de su agrado; aquello no estaba en su destino. El tiempo se burló de su sabiduría y desde los cielos le susurró que debía rendirse, dejarse llevar por esa cálida corriente que había venido a buscarla. Sin embargo ella gimió en desacuerdo, ya que allí donde estaba se sentía en perfecta armonía con todo... y muy especialmente con ella misma. Desde allí, su inmaculada burbuja podía ver, sentir y tocar todo. Claro, siempre desde una única perspectiva, marginada y manipulada por ese pequeño reducto de tranquilidad y los deseos inconscientes de su dueña. Pero, poco a poco, las grietas se hincharon y la burbuja, cual caparazón reseco comenzó a desgranarse. Ella se aferró a su interior, el cual mudo y sereno la rodeó con ternura y compasión y trató en vano de salvarla, de alejarla de aquel abismo que se abría ya a sus pies. Tras unos instantes de indescriptible agonía, la burbuja desapareció y ella quedó desnuda y a merced del universo de sensaciones, voces, miradas y cuerpos atrapados por el paso del tiempo... ella, ni ángel, ni demonio había sido arrojada al mundo de los mortales.

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La burbuja by Silvana Rimabau is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

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