El Doble

Ella observo su imagen reflejada en el espejo. Por extraño que pareciera –y aunque no había cambiado casi nada- vio el rostro de una mujer que no era ella. Bueno, si, en realidad era ella, mas había algo en lo que esos ojos transmitían que no parecía provenir de su verdadero ser. Unas tenues arrugas comenzaban a dibujar su camino en su frente, amenazando con arrebatarle la lozanía de la juventud. Su cabello –si bien había pasado por todos los colores conocidos-, era ahora negro; el problema allí radicaba en un solo detalle: esos ínfimos tres milímetros de crecimiento mostraban una canas… signo inequívoco del final de una etapa demasiado amada para dejarla ir. Pero lo peor era la piel, la cual también comenzaba a dar signos de cambios. Le pareció que le sobraba, ya que ésta no se ajustaba perfectamente a los huesos y músculos faciales como antes. Ya no. Ahora lucia algo floja, como si estuviera estirándose sin parar, día tras día. Y no importaba la crema o tratamiento facial que utilizara. Todos indefectiblemente fallaban. Era como si su rostro no perteneciera a su cuerpo; como si fuera tan solo un clon “casi perfecto”… como si algo hubiera fallado en algún punto de su vida y ese clon hubiera intercambiado lugares con el verdadero. 

Y allí estaban, su rostro blanco con piel fina, muy delicada, casi de porcelana –que de tanto en tanto padecía la agonía de alguna alergia-, sus profundos ojos marrón café –casi negros, como pozos sin fondo en donde malignos seres dormitaban eternamente-, el cabello largo, negro y ondulado –el cual, cada día le costaba mas trabajo mantenerlo como a ella le gustaba-. Y aquellas ojeras que la martirizaban desde hacia un largo tiempo. No estaban absolutamente marcadas u oscuras, pero allí debajo de sus grandes ojos, se habían instalado como tenues e inofensivas sombras y parecían determinadas a quedarse.

Mas se observaba y mas y mas se desconocía. Había perdido la noción del tiempo que llevaba allí frente al espejo tratando de dilucidar quien era esa mujer y que había pasado con ella… la verdadera, la que movía el cuerpo, la que pensaba, soñaba y planeaba la vida. Esa, era la verdadera, no el doble que le devolvía los gestos y movimientos frente a la fuente de ilusión en que se había convertido su espejo. 



Entonces rememoro su edad –esos malditos treinta y nueve años que le cortaban la respiración-, y también las palabras de sus familiares: “pero, si no aparentas treinta y nueve años!. Pareciera que tienes treinta!”… Ella sabia que eso era verdad. Lo sabia. Los genes, algo de suerte y su forma de pensar, le ayudaban a no verse como muchas de las mujeres a su edad. Pero, por alguna razón, eso no la conformaba. Si bien, había tenido su crisis al cumplir los treinta –y si había sido una real y cruel crisis de edad ya que había llorado durante todo un mes antes de la llegada de su cumpleaños,- y aun hoy no había sido capaz de superar completamente. 

Había algo mas. En realidad eran muchas cosas. Demasiadas para recordarlas detalladamente. Algunas incluso, ya se habían perdido en el fondo de su inconsciente, gritando desde aquella oscura morada, ininteligibles, crípticas y desgarradoras verdades, que solo alcanzaban a herir su sentir. Le dolía el alma. Esa era la cuestión. Y cuanto mas se entregaba a percibir esos gritos desaforados de sus recuerdos reprimidos, mas se acercaba a tocar la punta del iceberg de su problema, de su eterno dolor. Y como todo ser humano batallaba contra eso. En realidad no quería traer de vuelta esas partes de su vida, ya que sabia que indefectiblemente –y al contrario de lo que la psicología proclamaba- la destruirían para siempre. Ella se había mantenido en pie, gracias a que la sabiduría del cuerpo humano –su cerebro, en realidad- había desarraigado los dolorosos momentos vividos a un territorio en donde permanecerían enterrados hasta el día de su muerte. De todas formas, siempre habría un porcentaje de ellos que tratarían de aflorar y quemar en carne viva su conciencia, pero ella solo tendría que ignorarlos. Y si que lo había logrado. Cada vez que una vocecilla asomaba sus uñas a través de algún evento del pasado, ella sacudía su cabeza, y desviaba la mente hacia otro tema. Y así habían pasado los años con mas penas que glorias, pero había sobrevivido. Hasta ahora. 

Mientas se encontraba sumida en ese espiral de pensamientos, algo llamo su atención en el rostro que le devolvía el espejo. Sus ojos, se habían enrojecido y ácidas lagrimas corrían cuesta abajo por sus mejillas y caían al vacío desde su mentón. En ese instante se percato del entumecimiento que sentía en el pecho; un dolor viejo y conocido que apretaba su corazón y rápidamente lanzaba latigazos de dolor a su cabeza haciendo restallar sus sienes. Otra vez, la angustia se habría paso a todo galope embistiendo la muralla que la protegía desde hacia tantos años. Habría estado equivocada al desdeñar la ayuda psicológica?. No. Aun estaba segura que había tomado la mejor decisión. Quien podía conocer mejor que ella misma su cuerpo, mente y sentimientos?. Nadie. 

Ella sonrió y la mujer en el espejo sonrió también. Eso la sobresalto sobremanera. No fue terror –ya que era conciente que ese reflejo haría lo mismo que ella-, sino mas bien impotencia y arrogancia. Ella no podía perder la batalla contra ese doble. Eso era inconcebible para una mente ágil, independiente y decidida como la suya. Entonces, apoyo el frío cañón del revolver en su sien derecha y apretó el gatillo, con la seguridad de que le pondría fin a la farsa que el espejo le devolvía.

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