Terrah



I
El Despertar Y La Insensatez

El crepúsculo había transformado al frondoso bosque en un mortecino espejismo de sombras danzantes, libres y caprichosas que se retorcían y estiraban sus lánguidas extremidades hacia el abismo que se arremolinaba ansioso, en las partes mas húmedas y silenciosas de la vegetación. Era como una danza erótica. Ellas clamaban por el, lo necesitaban e insinuándose una y otra vez lo invitaban a unirse a su espectral sátira romántica. Pero Terrah –aquel que cada cuarenta años despertaba en la negrura del bosque- no demostraba su deseo y contenía la férrea pasión que desde las profundidades lo hostigaba en pos de abrazar a sus sensuales amantes y dar rienda suelta a su esencia. El esperaba su momento. Aquel delicado y perfecto instante en el cual, todo el universo dejaría de convulsionarse y -sesgando los hilos que mantienen unida a la realidad con sus dominios-, le permitiría acometer su ancestral designio. Su tiempo pronto llegaría y hasta tanto eso sucediera, debía contentarse con contemplar silente aquel sendero que moría a escasa distancia de sus fauces.

Sujetando con fuerza las linternas en sus pequeñas y temblorosas manos, los dos niños se detuvieron en seco exactamente donde el sendero acababa. Allí, el limite entre éste y los pastos y arbustos –en donde el bosque comenzaba-, se dibujaba con una precisión y perfección casi humana… aun cuando ésta no había hecho mas que observar atónita a través de las décadas, como la naturaleza había mantenido a la vegetación delimitando el sinuoso recorrido y abrupto final del terroso camino. El silencio alli reinante era sobrenatural.
Las escuálidas siluetas –que no superaban los nueve años de edad- eran apenas visibles gracias a los últimos rayos de luz del ocaso y denotaban el pavor que los recorría por dentro ya que de tanto en tanto, un sutil estertor las sacudía de pies a cabeza. Ellos sabían que no debían estar allí, mas haciendo caso omiso a los concejos y reprimendas de los adultos en el poblado, habían resuelto ver con sus propios ojos el tan temido lugar… y hasta quizás –si tenían suerte- comprobar que todo era parte de una leyenda, un rumor deformado –y a propósito- para controlar a los mas pequeños cuando mostraban algún atisbo de mal comportamiento.
Ariel –el mas alto y de cabellos revueltos- alzo el brazo y dibujo círculos con la linterna en la vegetación que se alzaba ante a ellos como una pared. Su garganta se encontraba seca y el corazón latía con fuerza. Al cabo de unos instantes carraspeo y mirando de soslayo a Carlos –su gran amigo de siempre- dijo:
-No tienes miedo, verdad?. Por  que… hmm… si es así, solo significa que eres un chiquillo miedoso.
Carlos –con la linterna fija en un punto bajo en los matorrales- tardo unos segundos en reaccionar. Cuando lo hizo, su voz emergió como un susurro… casi como una niña.
-Ehh? Quien, yo?. No.. No tengo miedo y… creo que el chiquillo miedoso eres tu… Mira como rechinan tus dientes.
Ariel se percató que, lo que su amigo decía era cierto y para desembarazarse de esa cruel verdad, río muy fuerte. Acto seguido, el silencioso bosque se revolvió –como queriendo demostrarle que sabia de sus temores- y le devolvió las carcajadas en forma de un sombrío eco. El niño ignoró esa respuesta y dio un empujón a Carlos, quien perdió el equilibrio por unos instantes y luego contraatacó de la misma manera. Al poco tiempo, ambos se encontraban inmersos en una gentil y graciosa lucha de empujones, y olvidándose momentáneamente de la importante misión que los había llevado tan lejos de casa.

II
De La Insensatez Al Pavor

Las sinuosas y malévolas sombras observaban cautelosa y sombriamente a las ingenuas criaturas que jugueteaban sumidos en la oscuridad. Tan solo habían pasado algunos minutos desde la puesta del sol, y rápidamente la noche había derramado su manto de calamidades. Incluso la luna –inmensa, llena pero extrañamente opaca- parecía estar intimidada por la morbosidad del lugar, ya que emitía una tenue claridad sobre el sendero y las copas mas altas de los árboles. Ahora, Terrah podía sentir la cercanía de su momento; la mordaz sacudida que, al cruzar el umbral del bosque, amplificaría su demencial hambruna a punto tal de extender su glotonería mas allá de los limites pactados.

Las risas y gritos habían escalado en intensidad desde que comenzara el juego, hasta que Ariel se quedó inmóvil mirando al suelo. A Carlos le tomó unos segundos en tomar conciencia del abrupto cambio en la conducta de su amigo, y cuando lo hizo, fue presa de un indómito terror en donde su mente vagó por miles de demoníacas razones a tal suceso. Su voz emergió entrecortada, evidenciando ahora, la imposibilidad de voltear y pasear sus ojos por la oscuridad que los envolvía:
-Hey... que sucede?
Ariel, no le contestó, incluso la voz Carlos le llegó lejana y distorsionada. Con sus ojos fijos en el suelo, aún podía ver sus zapatillas –sucias y algo desgastadas-, pisando libremente los salvajes pastos. Era evidente que con tantos saltos y empujones se había salido del sendero y quedado de espaldas al bosque. Sin embargo, su amigo no. La realidad le escupió en el rostro un frío dictamen: ya no estaba a salvo; era de noche y su pequeña humanidad se encontraba a manos de la horrorosa entidad que dormitaba en lo mas profundo de la vegetación.
Sus ojos se agrandaron al tiempo que sus ágiles piernas lo impulsaron hacia adelante, hacia la seguridad del ancestral camino de tierra. Una vez al lado de su amigo, mas aliviado y tratando de recuperar el aliento y compostura, dijo:
-Cielos! Eso estuvo cerca!. Por un momento recordé a mi madre. “Nunca se te ocurra ir al bosque y mucho menos de noche. Sabes bien que si lo haces, Terrah te devorara la piel y llevara tus huesos al demonio, para que tu alma arda en el infierno por toda la eternidad”.
-Wow! –Dijo Carlos, abriendo sus brazos de par en par y exagerando la entonación de cada palabra-. Te sabes el discurso de memoria!. Y de dónde sacó tu madre esa historia?... mi madre siempre dice que fue tu abuelo quien la contó por primera vez.
En un primer momento, Ariel sintió vergüenza –ya que su amigo lo había descubierto- y luego al recordar la única fotografía de su abuelo –descolorida y ajada pero aún así enmarcada y descansando sobre le chimenea- cruzó lo brazos sobre el pecho y entrecerrando los ojos, declaró muy orgulloso:
-Lo se... Sería imposible no saberla, verdad? –y continuó su discurso girando sobre sus talones, y dándole la espalda nuevamente al bosque-. Sabes? Desde hace un tiempo que lo estoy pensando y honestamente, no se de dónde mi abuelo saco semejante historia y por qué. Es como si él mismo hubiera traído al monstruo –y enfatizó su sentir con respecto a la última palabra, con gestuales “comillas”  hechas con sus dedos-.
-Verdad que si! –gritó Carlos al tiempo que levantaba su brazo derecho emulando el gesto de victoria-. O quizás tu abuelo es el monstruo.
Ariel, lo miró de pies a cabeza, emitió un chasquido con su lengua y elevando la mirada hacia el cielo, replico:
-Eres un tarado!. Como dices que mi abuelo es el monstruo si esta muerto desde antes que yo naciera. Lo sabes!. Y además…
En ese instante, un crujido entre la maleza –como un serpenteo por entre las hojas secas, maleza podrida y ramas caídas durante las tormentas de verano- enmudeció al niño y paralizó toda su humanidad. Su boca quedo tiesa enmarcada en un desfigurado rictus. Solo sus ojos se movieron hacia los lados, buscando el origen de tal sonido y sin éxito alguno, mas que toparse con el rostro de Carlos quien al igual que él, permanecía petrificado y miraba frenéticamente en derredor mientras mojaba sus pantalones.

III
La Mascara Cae, La Verdad Emerge Y Vuelve A Esconderse

El hambre cosquilleaba en toda su nauseabunda esencia; lo invadía en oleadas que olían a salitre y retiradas que dejaban un sutil y perpetuo perfume a putrefacción. Terrah, se removía inquieto en la húmeda morada en la que había despertado ese día. El no tenia un exacto recuento del tiempo; no sabia de horas, días, meses o años; tan solo que su hambre se correspondía con el envejecimiento de los humanos. Recordaba el aspecto de los rostros de las personas que se acercaban temerosas hasta el bosque, cuando el despertaba y se alimentaba; esas imágenes lo arropaban hasta que las estrellas del cielo se apagaban y la oscuridad lo adormecía; y cuando el hambre retornaba, esos rostros –que volvían a llorar a sus seres perdidos- lucían ya marchitos y los de los humanos mas pequeños, completamente desarrollados. Eso le daba la impresión de que la vida de los humanos era corta… y extremadamente deliciosa… tan deliciosa que lo ponían a dormir placida y mórbidamente satisfecho.

Carlos reaccionó y el agudo grito que broto de sus cuerdas vocales reverberó por entre las copas de los árboles. Sus desorbitados ojos estaban clavados en la figura de su amigo, quien aún continuaba con la mirada en el suelo.
-Ariel!!!. Que haces?!. –dijo, tomándolo por el brazo y tironeando de el-. Debemos irnos ya!
Pero Ariel no respondió. Se encontraba absorto en algo mas que su calzado. Algo que desde el frondoso bosque, hormigueaba en su corazón, enviándole intangibles señales de familiaridad. Algo que sonaba como la voz de su madre. Entonces –ignorando los desaforados alaridos y tirones de su amigo- alzó la cabeza y aguzó el oído. Si. Sonaba como su madre. Pero, cómo era eso posible?.
-Carlos! –murmuró y se deshizo de la desesperada mano que apretaba ahora, su muñeca-. Haz silencio. Acaso no lo escuchas?. Es la voz de mi madre! Allí en el bosque..
Las lagrimas rodaban salvajemente por las mejillas de Carlos, marcando su recorrido al limpiar la piel, antes cubierta de polvo. El niño no asestaba a comprender que le sucedía a su amigo, y solo quería alejarse de allí, lo antes posible. El tenebroso sonido que llegaba a sus oídos, –ese que Ariel creía se parecía a la voz de su madre-, parecía estar mas y mas cerca. Pero cuando se disponía a abrir la boca para replicar a toda esa locura, se percató que su amigo lucía muy pálido. Mas que pálida, su piel parecía refulgir en un aterciopelado tono de gris perlado, y las venas de sus brazos se tornaban oscuras. Por un instante creyó que el terror y la pobre luz que reinaba en el lugar, engañaban a sus ojos con deleznables espejismos. El niño grito y gritó en pos de lograr hacer entrar en razones a su amigo, mas solo logro que su garganta se incendiara en vano. Ariel –perdido en el hechizo del bosque murmurante- continuaba abstraído del insipiente peligro que se arrastraba por los matorrales y hasta parecía estar alejándose del sendero para internarse en el bosque.
-Madre? –dijo y su voz ya no parecía la misma de siempre- Que haces aquí?. Creí que no querías que nadie se acercara al bosque.. Yo.. lo siento.. vinimos con Carlos para ver…
Las palabras de Ariel se perdieron en la noche a medida que su cuerpo se internaba en el bosque. Muy agotado de gritar, adolorido por la larga caminata para llegar hasta ese maldito lugar, hediondo por la transpiración y orina y aterrado –ya mas por su propia vida que por la de Ariel- Carlos giró sobre sus talones para salir corriendo. En ese preciso momento, escucho una larga y bien conocida carcajada que lo obligó a quedarse en el lugar. Volteó rápidamente y para su sorpresa, vio a su amigo al borde de la maleza, con una desfigurada sonrisa en el ceniciento rostro que lo invitaba a abrirse paso entre el follaje e internarse en la oscuridad. Sus ojos, dos negros botones opacos y sin atisbo alguno de vida, lo observaban fijamente, al tiempo que su boca se movía extrañamente elástica al hablar.
-Carlos… Mi amigo. Quieres saber algo maravilloso?. –se detuvo un segundo y volteo hacia el bosque, como esperando aprobación y retomó-. Recuerdas la historia de mi abuelo? Bueno… Resulta ser que tenias razón. Mi abuelo la creo y no porque fuera él, el monstruo, sino mas bien para resguardar a mi madre. Al parecer mi madre es un tanto extraña… ella nació humana, pero cuando era muy pequeña enfermó y mi abuelo hizo un pacto con un demonio llamado Altoth por su recuperación. El la salvaría pero el alma de mi madre se contaminaría con esencias demoníacas. Eso le permitiría, viajar –cada cuarenta años- de nuestro mundo al inframundo para depositar los huesos de sus victimas en el caldero eterno… Estas victimas, son traídas aquí, por accidente o incredulidad en el día en que ella se transforma en Terrah, el demonio de la piel. Ella debe purificar los huesos que serán transportados, comiéndose la piel. Pero no lo sabe!. Las sombras del bosque me contaron la historia. Y yo ocuparé su lugar cuando ella ya no esté aquí.
Carlos comenzó a sentir que su cuerpo no le pertenecía, que la tierra se abría bajo sus pies para dejar escapar por la hendidura a toda una dimensión paralela. Lo que su amigo le estaba relatando era increíble –y se negaba a creerlo-, y sin embargo, al mismo tiempo, cuanto mas lo observaba, mas le costaba creer que algo humano aún yacía en su interior. El terror lo abofeteó para sonsacarlo de la hipnótica voz de Ariel. Quiso echar a correr mas no pudo. Algo –como una fétida y sibilante nube negra- había envuelto sus delgadas piernas y comenzaba a succionar.
Lo se -culminó por decir Ariel- No es bonito… pero es mi madre! Y te juro que yo no lo sabia!. Pero ahora ya no importa… verdad? 

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2 comments

  1. Terrible madre, espeluznante. Muy buen relato Sil, lo leí de un tirón.
    Abrazos!

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  2. Muchas gracias! Si, tiendo a escribir largo ya que basicamente escribo novelas y me cuesta un poco crear historias cortas. Creo que escribir un libro es mucho mas facil que un cuento. Pero con el tiempo voy entrenando mi cabeza para dominarlo. Abrazos y gracias por pasar por aqui.

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