El Muérdago

Aprovechando haberse situado bajo las hojas del muérdago –y aferrándose a la tradición para tomar valentía-, el había oficializado su romance frente a toda la familia con un largo y delicado beso en la boca de su bella amada de cabellos rubios y piel canela. 

Luego de pronunciar su nombre con orgullo, permaneció a su lado, sonriendo y acunando sus delicadas manos entre las suyas, mientras los rostros de los presentes se agolpaban a su alrededor profiriendo infinitas exclamaciones de emoción y felicidad. Por fin, luego de tanto tiempo, la indicada había arribado. Todos estaban extasiados y así lo hacían notar.

La calidez de la familia la asombro, ya que los infames rumores la habían asustado desde el comienzo y haciéndola dudar de dar ese paso durante los últimos meses. Sin embargo todo había salido perfecto. 

Le ofrecieron una copa y por temor a romper el hechizo, la acepto, aun cuando ella no bebía. La misma de un finísimo cristal labrado contenía una bebida oscura y apenas burbujeante que desprendía un picante aroma, el cual le hacia cosquillas en la nariz. Al beber el primer sorbo notó que todos la observaban, así que sonrió y tomo otro. Fue entonces cuando sintió que su garganta se hinchaba sofocándola y embotando su mente; miro en derredor y vio que los rostros se fundían unos con otros, las voces se perdían en eternos ecos y las palabras rehuían de su comprensión. Quiso hablar, decir que no se sentía bien, mas no fue capaz de oír su propia voz; quiso moverse, mas sus piernas no respondieron; quiso pedir ayuda, mas todos se encontraban de rodillas, gesticulando y cantando. 

Creyó que la bizarra escena era producto de la bebida que le habían proporcionado, mas algo en su interior le dijo que no. Todo eso no fue tan horroroso como el instante en el que vio su amado acercándose a ella y blandiendo un extraño cuchillo y una mueca por sonrisa distorsionando su rostro. No sintió dolor, sino un golpe seco en la garganta y una calida humedad bajando rápidamente por su pecho , al tiempo que los presentes se ponían de pie vociferando: “Ohh Szhar, toma tu ofrenda y bendícenos con prosperidad!”.

Y a medida que su mente se hundía en su ultima y eterna noche y su cuerpo yacía en medio de un charco de sangre, los rumores cobraron sentido: “Cada navidad, la extraña familia sacrifica a un inocente bajo una rama de muérdago para complacer a sus dioses y así recibir su recompensa”.

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